Sociedad en el Chile del Siglo XIX
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Panorama Social en el Siglo XIX

LOS FUNDAMENTOS MORALES DE LA SOCIEDAD

Al terminar el siglo XVIII, la sociedad chilena, en sus diferentes jerarquías, se cimentaba sobre dos grandes principios místicos: el del dogma de la majestad real y el del dogma de la majestad divina, es decir, en un respeto incondicional a la Corona, que era el símbolo supremo del espíritu español en el cual total­ mente se encarnaba, y en una veneración absoluta a los principios de la Iglesia. Ambos dogmas ya entonces habían perdido algo de su antigua y sólida consis­tencia moral: el real se había debilitado a impulsos de las propias reformas que la monarquía introdujo en sus dominios, y por ciertas medidas que lastimaron profundamente la conciencia de la clase social preponderante, tales como la falta de una verdadera libertad de comercio, la expulsión de la Compañía de Jesús y, finalmente, el término del régimen de las encomiendas. El dogma de la majestad divina perdió a su vez vigor. Las costumbres patriarcales de la antigua sociedad de los siglos XVI y XVII, dominadas enteramente por el espíritu y moral de los sentimientos de algunos extranjeros que solían cuidarse de chilenas, principalmente franceses e italianos. La Iglesia, desde la expulsión de la Compañía de Jesús, no manejaba el freno de las conciencias y, desde el mo­mento en que la ilustración se hizo un poco más vasta, fue posible percibir en los espíritus, si acaso no una rebeldía, por lo menos un sí es no es de indepen­dencia moral, para juzgar y apreciar los actos de la vida desde un punto de vista psicológico y moral. Sin embargo, todavía la Iglesia se conjugaba plenamente para acentuar y darle toda su expresión de forma al dogma de la majestad real, del cual continuaba recibiendo no pocos beneficios.

LA POBLACIÓN Y SUS CLASES SOCIALES

Tal era, en resumen, el fondo moral de la sociedad al iniciarse el siglo XIX. La población del país, ya organizado administrativamente debido a las reformas de la dinastía borbónica y a la obra eficaz de grandes gobernadores, no alcanzaba, seguramente, a más de medio millón de habitantes, sin tomar en cuenta a los araucanos, cuya suma podía ser entonces calculada en cien mil almas. En general, la población chilena era pobre en comparación con la de los grandes virreinatos y aun con las de otras capitanías generales. Cerca de las tres cuartas partes la constituía el mestizaje español indígena. No eran ni bárbaros ni civilizados y llevaban una vida ruda y triste, sin horizontes de ninguna especie. Formaban el elemento de explotación de los campos de cultivo en las feraces regiones del Valle Central o en los secanos de la cordillera de la costa; eran el músculo fuerte en el trabajo de las minas de las montañas, y bien podía considerárseles como los siervos de la tierra, como el conglomerado más importante de la servidumbre del servicio rural Los criollos se levantaban sobre esta sabana social. Eran los descendientes de los españoles de pura y limpia sangre blanca, mezclada a veces con el indíge­na, y no exenta, en otras, de ciertas gotas de la africana. Constituían el elemento básico de la civilización europea, lo nacional genuino de la Colonia, si quiere decirse. Poseían las tierras de cultivo, las minas, algunas pequeñas industrias, prosperaban en el comercio, en manera muy desigual; tenían acceso a las dignidades del clero, a las no muy encumbradas del ejército, y en los cabildos aprendían débilmente el arte del gobierno de las ciudades; servían en la Universidad de San Felipe y en otros colegios la docencia y la dirección de la enseñanza. Era la élite intelectual, por misérrima que fuera. La alta clase social de este grupo, que bien contando no llegaba a ciento cincuenta mil, traía su origen en una transformación racial verificada en el país al finalizar el siglo XVII, y acentuada en el siguiente; era el producto de un desplazamiento paulatino de una parte del elemento conquistador primitivo, reemplazado por familias de origen vasco y entroncado con la vieja estirpe castellana, que había colaborado en esa empresa y que aún subsistía.

Los españoles no eran más de veinte mil; pero era la estirpe social predomi­nante. De su sangre pura o no, había surgido el criollo; éste heredó sus tierras, su fortuna y su rango. Poco a poco, los españoles fundadores fueron extinguién­dose, y una casta oficial, venida de la metrópoli, de escasa raigambre en el país, reemplazó a la de los conquistadores, Era éste un grupo privilegiado: el gobier­no, la alta jerarquía administrativa, la justicia de segunda instancia, la preemi­nencia en el ejército y cuanta actividad administrativa de importancia remunerada, le pertenecía. Tenía valimiento en la Corte, disponía de influencia política y estaba poseído del orgullo de su origen, que no dejaba de lastimar a los criollos. Ni eran más ni menos que éstos en el orden moral, y tal vez más en todo caso, porque mientras los primeros no amaban al país por lo general los segundos lo contemplaban con ojos de enamorados: el cielo y sus montañas; sus ríos y sus lagos; sus árboles y su clima; sus mujeres y sus hombres; sus trigales y sus huertos; sus aves y sus frutos, los extasiaban en la contemplación. Y en el interior pensaban, como buenos hombres amantes del terruño, ¿por qué no ha­cer grande esta patria? ¿Por qué no poder nosotros dirigirla? He aquí el primer rozamiento psicológico del criollo con el español.

csas de los crioolo y españoles

 

Tipos de casa de los españoles y criollo en la ciudad

Los estratos sociales que se siguen a éstos, se diversifican en varios grados inferiores. Son los esclavos africanos y sus derivados con mestizos e indígenas, los zambos y mulatos. No alcanzaban felizmente, entonces, a veinte mil. Era la escoria social, el desecho humano, que un régimen bárbaro pero legal poco menos que había embrutecido. No había elemento suficiente para renovar la raza, es decir, el porcentaje de extranjeros era ínfimo. En el siglo XVIII hay algunos centenares: disminuyen después. En 1808, el censo arroja, efectivamente, ciento. De este modo, las uniones matrimoniales se hacen en cada gru­po: el criollo, de origen vasco o castellano, cierra cada vez más el círculo fami­liar hasta constituir una verdadera casta de trascendente importancia en la vida social y política del país, que le dará a su organización, en cuanto las otras de América, una fisonomía propia. Pero hará nacer cierto complejo de inferiori­dad racial, principalmente en las mujeres, que, cansadas del mismo tipo de hom­bre, entre agrícola y urbano, enaltecerán al extranjero, al inglés, francés e ita­liano, en quien idealizaran un tipo de amor. El mestizo se funde en él mismo. De siervo se convierte, al dejar de ser encomendado, en inquilino: se hace arte­sano, trabajador manual, obrero: la miseria es él.

La historia de Chile, a diferencia de cualquiera otra historia, carece de pue­blo, porque no tiene plebe, porque no la anima ningún sentimiento como no sea el de la servidumbre. El pueblo aflora con intermitencias: en 1814, para vengar, con la piedra en la mano, la opresión de los Talaveras; en 1818, para combatir en los llanos de Maipo por simple espíritu militar; en 1839, cuando se da cuenta de que ha nacido una nueva aurora para él; en 1879, porque siente la grandeza de Chile; en 1891, inducido a la lucha por la alta clase social; en 1920, porque ha llegado, al fin, su redención. Y siempre es la miseria…

 

EL MEDIO AMBIENTE DE LA VIDA

Esa población y esas clases sociales se reparten en los campos y en las ciuda­des. La hacienda, la gran hacienda chilena, alberga al inquilino. Su vida no cambia en todo el siglo XIX. El inquilino ama la tierra que lo vio nacer, porque es su único mundo; generaciones de generaciones le han precedido y él sigue allí, como el árbol, profundamente enraizado a la tierra.

campesinado

Vive de lo que le dis­pensa el patrón, según sea su carácter bondadoso o áspero. Ha quebrado todo gesto de rebeldía. Siente por el amo un temor reverencial y entrega a veces hasta la honra de sus hijas, Una choza embarrada y de techo pajizo, que no es más que una mejor adaptación de la ruca indígena primitiva, le sirve de hogar, en la cual no hay la más ligera comodidad. Un salario miserable se le abona por el trabajo que efectúa. Una ración mezquina de alimento le sirve para mantenerse. No conociendo otra imagen mejor de vida, el inquilino no maldice su suerte ni aspira a más tampoco, porque en su alma hay cierto fatalismo. Se siente feliz con su mujer y sus hijos, y con los dos grandes amigos de su existencia: un perro fiel y un caballo sufrido y educado exclusivamente para las tareas campesinas.

Sus alegrías son escasas: no pasa de una fiesta culminada en una borrachera, que se ameniza con los cantos tristes y monótonos de la música de una cueca. Las costumbres campesinas, sin embargo, conservan hasta bien en­trado el siglo XIX ciertas formas de integridad moral, de fondo sano, de ambiente noble y fresco.

No era tampoco mejor la vida en las ciudades. La población, al comenzar el siglo XIX, en cada una de ellas, reducida. Treinta eran las ciudades; mas algunas apenas si merecían el nombre de villas. A sólo siete podía aplicárseles realmente el título de ciudades. Santiago, en 1810, alcanzaba a cuarenta mil habitantes; en 1865, según el censo, era de 115.377 habitantes, y en 1897, llegaba a 312.467. Valparaíso, hacia esa misma fecha, contaba con poco más de tres mil; en 1865, tenía 75.330, y en 1879, esta suma alcanzaba a 122.447. Concepción y Valdivia, al comenzar el siglo XIX, barajaban cifras de población entre cinco y seis mil habitantes. Para la primera, en 1897, ésta era de 27.942 habitantes; para la segunda, de 37.674. La Serena, Talca y Chillán, contaban con más o menos tres mil pobladores; pero en el correr del siglo, éstos habían aumentado considerablemente. En 1897, La Serena poseía 34.332; Talca, en ese mismo año, 78.429, y Chillán, 41.334.

Los caminos, los puentes, hasta muy entrado el siglo XIX, eran malos. La red de ferrocarriles y la de los hilos del telégrafo comenzaban a extenderse. Los resultados económicos de la Guerra del Pacífico iban a transformar radical­mente la vida nacional en su aspecto espiritual y material. Antes, el progreso del país, sin dejar de ser evidente ‑hasta tal punto que no es posible una compa­ración siquiera del Chile de 1810‑ se hizo a base exclusiva de sus entradas pre­supuestarias, en las cuales no podían anotarse enormes beneficios, sino apenas leves impuestos sobre industrias mineras, agrícolas y de algún otro orden. Con sus entradas normales, sin recurrir a empréstitos, se llevó a cabo la guerra contra la Confederación Perú‑Boliviana, y con sólo empréstitos internos, la del Pacífico. He aquí un timbre de gloria para los estadistas de ese tiempo. Santiago, en 1840, era más que Buenos Aires como ciudad moderna; en 1860, mucho más que Lima en ese mismo sentido, pero ya la capital del Plata comenzaba a desplegar sus alas. En 1886, a la ciudad mapochina podía llamársela el París de América, según Rubén Darío.

 

CARACTER ARISTOCRATICO DE LA ORGANIZACION SOCIAL CHILENA’

La jerarquía fue la característica dominante de la organización social chile­na durante todo el siglo XIX. Este aspecto social venía arrastrándose casi desde un siglo y medio atrás. El criollo, heredero de los vicios encomenderos, poseía todo el suelo agrícola del país, y se encontraba dominado aún por las tradicio­nes militares que sus antepasados en las guerras de Arauco le habían legado; o bien, por las preocupaciones de estirpe, cuando, sucesor de un vasco del siglo XVIII, enriquecido en el comercio y dedicado a las faenas agrícolas, necesitaba consolidar su situación con un provechoso matrimonio. Diez títulos de Castilla exhibía la sociedad chilena al finalizar el siglo, lo cual quiere decir que todos ellos, o casi todos, estaban vinculados a mayorazgos en grandes latifundios, siendo muchas también las tierras simplemente vinculadas. La unidad familiar servía a maravilla para mantener la casta, 0 las relaciones de la casta. Pero este criollo de origen vasco o castellano estaba dotado de grandes virtudes. No era, ordinariamente, un hombre culto. A él se le atribuye aquella especie de sentencia, que dice: «La fortuna te dé Dios, que el saber nada te vale».

Era sobrio y tenaz; escaso de imaginación, porque antes que nada, era positivo y práctico. Infatigable para el trabajo, había llegado a convencerse de que la tierra no era generosa si su esfuerzo no abría el surco, si en las montañas no era su músculo el que buscaba la veta de una mina. Honrado y escrupuloso, con un sentido muy desarrollado del honor, fiel a su palabra, consecuente con sus ideas, el único cargo que puede hacérsele a este tipo de la vida social chilena del siglo XIX es su egoísmo. Sin embargo, este egoísmo nace de su fuerte indivi­dualidad, cuyo origen arranca de la conciencia de su valía personal. Sería una injusticia condenarlo por no haber tenido sentido de solidaridad social con las clases inferiores, porque éste es un concepto de la evolución de las ideas de nuestro tiempo. Le bastaba cumplir con los preceptos del evangelio en cuanto al sentimiento de caridad, que a veces extremaba, como en muchos casos, y en otros, por dureza de alma, parecía ignorar o interpretar en su favor. Era, con todo, un elemento de orden y de colaboración en el gobierno, y siempre que éste pareció dispuesto a respetarlo en sus preocupaciones e intereses, a confor­marse con su mentalidad sencilla, enemiga de las ideologías difusas, de las re­formas de trascendencia, fue su mejor y más decidido sostenedor. Cuando el gobierno contrariaba sus aspiraciones, lesionaba sus puntos de vista, hería sus susceptibilidades religiosas o aristocráticas, avanzaba en las reformas económi­cas, el espíritu de fronda se erguía poderosamente en él. Desde 1850 hasta 189 1 ‘ salvo algunos cortos períodos, la fronda estuvo siempre en acción. Desde 1891 hasta 1900 está en paz, porque es el patricio el que controla el gobierno. Ya antes, en el período de la formación republicana, cuando se dan los primeros pasos para organizar el nuevo régimen, asoma también esta tendencia: odia y vence a Martínez de Rozas, por su carácter prepotente y audaz para imponer reformas; termina con Carrera, que pertenecía a su círculo, pero que no lo acepta por su personalismo; contribuye a la caída de O’Higgins por sus tendencias dic­tatoriales absorbentes y por haber tocado sus ideas aristocráticas, y por las re­formas que desea implantar; levanta a Freire, y lo combate cuando se producen rozamientos con la Iglesia; y, por último, termina anulando a Pinto, por haber intentado abolir los mayorazgos y secuestrar los bienes del clero. Se conforma con Portales, porque representa el equilibrio entre el pasado y el presente. Se disgusta con Montt, porque el Presidente tiene sobrada personalidad y carácter para no aceptar imposiciones. Con Pérez se siente bien en un gobierno de tran­sición. Con Errázuriz termina mal. A Santa María, el patriciado casi lo lanzó a la revuelta. Balmaceda concluye suicidándose. Es esta aristocracia, en permanente estado de fronda, la que, destruye, en el tiempo, el llamado orden portaliano, cada vez que no es gobierno, 0 no lo influye,

Había aprendido a mandar y a dominar en la escuela de la hacienda, «Poseía el don de tratar al pueblo, satisfaciendo algunos pequeños anhelos que no te producían daño a su situación social y de poder», escribe un autor moderno. «Explotando sus propiedades en forma rudimentaria y de acuerdo con el sistema natural, aceptaba los progresos de la técnica y de las instituciones con cier­ta resistencia, pues desconfiaba de toda innovación brusca y precipitada. En sus ideas religiosas no era ni beato ni fanático, pero apoyaba ampliamente a la Iglesia, que consideraba como una institución creada para conservar al campe, sino y al pueblo en general su mansedumbre y obediencia. Aun cuando era ateo o liberal avanzado, mantenía esta misma actitud frente a la Iglesia».

 

DEMOCRACIA POLÍTICA Y DEMOCRACIA SOCIAL

La vida del campesino mejoró lentamente en el correr del siglo XIX. Era la consecuencia del progreso económico del país. La minería, con el aliento de Chañarcillo, la Descubridora y Tres Puntas, levantó la producción general; para la agricultura se habían abierto también nuevos mercados en el exterior. Ade­más la gran hacienda comenzó a dividirse. Este, aunque fue un proceso largo, puede decirse que culminó en las leyes de ex vinculación de los mayorazgos de los años de 1852 y 1857. Al producirse la ex vinculación, la vieja aristocracia colonial perdió una parte considerable de su importancia social, y las propiedades, las grandes haciendas, fueron subdividiéndose paulatinamente. A consecuencia de ello mejoraron los salarios. Pero el inquilino siguió viviendo como en los días del coloniaje. Un dato revelará hasta dónde llegó este progreso. Sólo ya muy entrado el siglo XIX se introdujo la reforma de dar a los trabajado­res de la ciudad y a los del campo un plato de frijoles o porotos para su almuer­zo. La carne no se usaba como alimento fuera de la época de la matanza, ni por los mismos hacendados; les resultaba a éstos demasiado subido matar una res para el alimento de unos pocos individuos, durante dos o tres días, como dice un autor. Tampoco habían cambiado las condiciones espirituales e intelectuales de los inquilinos: en las haciendas, por excepción, se encontraba una escuela primaria. Esta instrucción la daba el cura del latifundio, de algún patricio.

El proletariado es un fenómeno de ayer en la historia de Chile. No cabe duda que ya al término del siglo XIX, en los últimos treinta o cuarenta años, aflora con caracteres confusos. El obrero, el artesano, comienzan a agruparse en sociedades mutualistas o a plegarse a los partidos políticos de avanzada. Pero estas primeras manifestaciones no están claramente definidas, porque oscilan entre una aspiración política de reforma democrática, ajena a los intereses populares, o son simplemente vagas idealidades para llegar a una democracia so­cial, que entonces nadie, ni los hombres más cultos, habrían podido definir. La presentían sólo intuitivamente.

La vida del trabajador de la ciudad, en cuanto a las condiciones de higiene de las habitaciones, era miserable. Ya en 1868, una ordenanza municipal prohi­bió la construcción de ranchos, y la ley de municipalidades de 24 de diciembre de 1891 confirmó la prohibición anterior y dispuso “la construcción, en condi­ciones higiénicas, de conventillos, o casas de inquilinato para obreros y gente pobre”. La primera población de obreros es de 1853, y los conventillos, ese pudridero de la vida del pueblo, son casi de ese mismo año.

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Los salarios de los obreros y artesanos de las ciudades habían subido considerablemente. Después de la Guerra del Pacífico llegaron a su etapa más alta. Los vicios inherentes a las clases populares de las urbes comienzan ya entonces también a acentuarse: el alcoholismo y las enfermedades sociales; la unión de la familia se destruye; su constitución se resiente hasta grados increíbles. El liberalismo anticlerical y escéptico predicado en quienes no podían entenderlo en su expresión filosófi­ca, fue parte considerable a acrecentar este mal, y también la intransigencia de la Iglesia y la obra de un determinado partido, concluyó restándole adeptos. Sin embargo, estas clases populares pudieron recibir los beneficios de la ense­ñanza primaria, en una gran parte, mas no de una manera que no llegara a avergonzar la cifra pavorosa de los analfabetos. He aquí, en esta cifra, otra cau­sa de la esclavitud de las clases populares de Chile. Se las estimó únicamente como una fuerza política manejada, en los campos, por el señor de la hacienda, y en las ciudades, por el industrial o el comerciante, los partidos y la Iglesia. La política, en efecto, fue el deporte de la oligarquía en el siglo XIX. Ya se fuese pelucón o pipiolo, conservador o liberal, radical o demócrata, se buscaba el juego de la vida política por el realce que daba a la posición social, o para llegar a ella. “Los partidos según la expresión de un publicista, eran alianzas entre hacendados. Una combinación política favorable podía conceder beneficios a ciertas familia”. Así debía malograrse todo impulso en favor de una democra­cia social. Por lo demás, nunca hubo ni siquiera esa iniciativa; todo lo concen­traba la política, y dentro de su juego no era el espíritu democrático el que, en la alta clase social, pretendía nivelar las profundas diferencias que existían. Este es un acontecimiento muy posterior en nuestra historia, y es obra de la clase media emancipada de prejuicios y formada en los liceos del Estado y en la universidad. Al finalizar el siglo XIX, todavía las gamas sociales podían clasifi­carse así: el caballero de la aristocracia, el siútico de la clase media, el roto del pueblo y el pililo de la turbamulta.

 

SOCIEDAD FINISECULAR

Este es el periodo más corto, pero alberga un gran número de cambios y novedades que, lo alejan definitivamente de la Colonia y lo emparentan más con nuestros tiempos. Es una etapa signada por la riqueza salitrera que brindia al país la posibilidad de llevar a cabo una primera modernización, consistente en la dotación de infraestructura ferrocarrilera, portuaria y educacional.

Políticamente, hubo un quiebre entre la oligarquía gobernante que arrastró al país a un sangrienta guerra civil en 1891. El desenlace favoreció a quienes ostentaban el poder económico, cuyos intereses fueron salvaguardados por un congreso con mucho poder que despojó al presidente de parte importante de sus atribuciones. Por lo mismo, conoce este periodo como “República Parlamentaria”.

En lo cultural, nos encontramos con una serie de transformaciones como el incremento del modo de vida urbano y una gran producción intelectual, literaria y artística. La cultura nacional maduro en distintos ámbitos y emergieron figuras que no provenían exclusivamente de las filas de la oligarquía. La prensa, la literatura y las bellas artes representaron la realidad chilena y denunciaron los vicios en la conducción del Estado de los asuntos públicos. Particular atención recibieron los problemas sociales que en es época dieron origen a la denominada “cuestión social”. Igualmente, aumentó descontento popular frente a las injusticias del sistema oligárquico.

 

POBLACION Y CAMBIOS SOCIALES

Chile era un país que se transformaba y cambiaba día a día, esto influyó en su población, ya que surgió con fuerza un proceso de urbanización.

En 1865, la población urbana representaba sólo un 21,8 por ciento de la población total del país que era de 1.819.000 habitantes. A finales de siglo ésta aumentó un 34,1 por ciento,siendo la población total del país 2.695.000 de habitantes. Esto se debió en parte a la ampliación de la red de ferrocarriles y a la creciente actividad económica, que permitió la creación de nuevas ciudades y pueblos con la consiguiente migración hacia ellos.

Los cambios no sólo se produjeron en el número y estructura de la población, sino que también en los diferentes grupos sociales. Se trataba de una sociedad cada día más compleja.

En los puertos y minas se apreciaba una actividad febril. Llegaban numerosos vapores, los pitos de los trenes llenaban el aire y las misteriosas bombillas de gas alumbraban el centro de Santiago, que trataba de parecerse a París.

La clase dirigente, había cambiado. A las antiguas y tradicionales familias se les había unido un sector emergente recientemente enriquecido en las actividades mineras, empresariales y bancarias, dando origen a una oligarquía que manejaba las riendas del país.

Los sectores medios se transformaron en un creciente grupo, favorecidos por el acceso a la educación. Lo conformaban profesionales, pequeños empresarios, comerciantes, empleados y militares.

Los cambios económicos y sociales dieron origen a un naciente proletariado conformado por obreros que recibían un salario por su trabajo, ubicándose éstos en los puertos, industrias, ferrocarriles y labores mineras. De este nacieron las primeras organizaciones obreras que lucharon por obtener mejores sueldos y condiciones de vida.

La vida rural no tuvo grandes transformaciones por todos los cambios que vivía el país; en el campo los días pasaban casi igual que a principios de siglo, el tiempo se regía por las siembras y cosechas. Persistía la gran propiedad llama latifundio y el trabajo aún se basaba en el inquilinaje, en el trabajo del campesino para el patrón a cambio de un lugar donde vivir y alimento.

Cultura

Lo considerado desarrollo cultural tiene que ver con el concepto de cultura que se maneje. Usualmente hablamos de alguien culto cuando esa persona maneja determinado tipo de conocimiento o tiene cualidades en su forma de hablar o vestir que se consideran “las correctas”, así, la música clásica es culta, pero la Guaracha no parece serlo tanto.

Lo cierto es que desde un punto de vista social más complejo la cultura no es sólo la música, la pintura y el lenguaje, sino que todas las cosas que los seres humanos hacen y creen. También es incorrecto hablar de culturas mejores o peores.

Debemos tener claro que la cultura a que aspiraban las clases dominantes del país en este periodo histórico era la que veían en Europa, de esa forma comenzaron a crear universidades y seguir tendencias artísticas del viejo mundo, desechando la tradición cultural Latinoamericana de antes de la conquista de los españoles, considerándola muestra de atraso.

Fuente: Cruz, G. (1942). Publicado como Apéndice del libro “La abolición de la esclavitud en Chile”. Santiago.

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