Sociedad en el Chile del Siglo XIX
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La Mujer del Siglo XIX: Pasiva y activa

Un personaje muy atractivo de este siglo, lo constituye la mujer chilena, que si bien se diferencia por la clase social que pertenezca (alta o baja), desde españolas criollas, aristócratas, hacendadas, monjas, campesinas u obreras; su función dentro de esta sociedad no pasó desapercibida, cumplieron roles fundamentales, que se muestran a continuación:
a) Mujeres de elite: A inicios de este siglo, se observa que esta mujer conserva bastante bien sus rasgos físicos, haciéndola destacar entre los hombres que tempranamente las buscaban para el matrimonio, pues durante este siglo todavía sigue siendo muy importante la imagen de esta clase, y una mujer que no se casara antes de finalizar su adolescencia era motivo de preocupación y repudio, en algunos casos, del resto de la familia. Normalmente está asociada a la ciudad, digna del salón, de las finas costumbres, vestimenta o decoración; que con el avance del siglo XIX, mostró como se iban adaptando a los cambios que sucedían en Chile, por ejemplo la mujer de los tiempos de la Independencia que conserva más rasgos coloniales, no es la misma que se pudiera ver en 1850 o 1860 en adelante, cuando el fenómeno de las migraciones internacionales traen nuevos elementos que incorporar a sus vidas y la vinculación que tiene con otros ámbitos antes impensables como la universidad, la política o la literatura tal fue el caso de Eloísa Díaz y Rosario Orrego.

Con todos los cambios, estas mujeres jamás ignoraron su imagen, al menos en la transición desde la Colonia a los tiempos republicanos, un tema demasiado relevante para olvidar, sus casas debían estar decoradas con elementos atractivos que hicieran juego con los colores, las formas y la ubicación del hogar. Adentro, todo un ordenamiento seleccionado, salvo que no siempre se tuviera el confort, pues preocupaba la opinión de los invitados, por sobre lo más conveniente para la propia familia. Durante el día se acostumbraba a hilar o tejer para hacer diferentes prendas en compañía de otras invitadas donde los temas de conversación eran motivo de horas y horas; también se preocupaban del cuidado de sus hijos e hijas, que debían ser cuidadosamente educados para llegar a ser grandes hombres y mujeres que mantuvieran la línea familiar. También solía ser común las tertulias o reuniones en la casa, donde la organizadora tenía que ser la mujer ya que se preocupaba de todos los detalles para que saliera espectacular.
No hay duda, que por lo menos hasta 1830 la estructura familiar debió ser profunda y sólida, pues pudo resistir todas las vicisitudes que sobrevinieron al país como la emancipación o separación de familias realistas y criollas. Incluso los salones de hogares de las principales familias solían convertirse en verdaderos núcleos de estrategia por la Independencia del país, la mujer fue el alma de algunos de ellos, como por ejemplo Javierra Carrera.

En el tema de la Iglesia, la mujer fue rigurosa en sus hábitos, la misa era motivo de glorificar a la familia y de potenciar o mantener su imagen. Más, las mujeres que entraban al convento eran aplaudidas por el resto, aunque algunas fueron obligadas por complicar la vida a sus padres y hermanos, entonces como una forma de esconderlas del público, debían ser enviadas a los conventos. Por otro lado, también fueron algunas debido a su fracaso frente a los hombres, pues sino formaban un matrimonio, las familias no estaban obligadas a seguirlas manteniendo.
Hacia 1840, según algunos autores, las migraciones que aumentaban más, fueron muy bienvenidas por muchas mujeres, quienes se transformaban nuevamente en el agente más activo para el acogimiento del invitado y el conocimiento de este, ya que su estancia no podía pasar inadvertida, sobre todo los extranjeros quienes eran sometidos en muchas ocasiones a verdaderos interrogatorios. Se presume que los franceses eran unos de los principales invitados, ya que se sabe que la tendencia se fue orientando a este país, y en temas como la moda, las mujeres más acomodadas solían estar pendientes de los cambios de ropa, que por cierto, tenían un muy buen gusto en las ciudades. Los modistos, prácticamente, ganaban mucho, aunque eran duramente restringidos ante la vanidad de algunas damas, que se acompañaban de excesos de lujos.
La vida social mantenía su estilo familiar, las visitas entre parientes seguían siendo comunes, salvo que se hacían ahora más frecuentes el cambio de algunas tertulias, el teatro, la ópera y los grandes bailes y comidas oficiales que podían organizar algunas familias. Las grandes fortunas, también fueron motivos de muchas inversiones, como el papel de doña Isidora Goyenechea Gallo.

Un cambio notable, fue el inicio de la costumbre a vacacionar en el verano cerca de la costa, dando vida a los balnearios en Cartagena, Pichilemu y Viña del Mar, donde se trasladaban familias enteras por la temporada a grandes casas. También, en el teatro, se hizo mucho más manifiesto la presencia de la mujer, su belleza y elegancia, dejó poco a poco los exclusivos palcos, para ocupar los sillones de la platea, algo que pudo indignar al público de la alta sociedad, pero representaba una pequeña expresión del feminismo que se haría más presente en el siglo XX.

Desde 1850, con la aparición de los clubes, asociaciones políticas y culturales que frecuentan los hombres; las mujeres por su lado, dan un espacio a obras de beneficencia, que las llevó a alejarse de los quehaceres domésticos, la educación y cuidado de los hijos. Por lo tanto, tampoco los lazos familiares ya no tienen la intensidad y fuerza que antes, lo que era más válido para familias que no eran de las más acomodadas siempre. Claro que no quiere decir que las grandes familias se hayan tendido más a disolver, al contrario, todavía seguían siendo muy numerosas y las relaciones seguían teniendo un gran peso.
Una serie de colegios particulares, liceos fiscales y congregaciones religiosas creados a lo largo del siglo, permite que las jóvenes reciban una educación mucho más completa y esmerada. Las muchachas de sociedad asistían de preferencia al colegio Sagrado Corazón y una institutriz de selección formaban el carácter y enseñaba los idiomas. Se tendía a la formación de una mujer completa para actuar en la familia y en sociedad. A los acontecimientos serios, se añadían la música, la pintura y labores de mano, sin descuidar la fidelidad y creencia de la Iglesia. Por último, más a fines de este siglo la universidad abrió las puertas para las mujeres más ilustradas, incorporándose a la enseñanza o medicina.
En el campo, las fiestas religiosas y patrióticas, bautizos, matrimonios y algunas celebraciones de los periodos agrícolas, seguían siendo grandes acontecimientos sociales, por ejemplo la deshoja del maíz, la vendimia, la cosecha de frutas y entre otras. Las expresiones más usuales de alegría y de celebración son la canción, el baile, las cuecas, las adivinanzas, las tonadas, los juegos de ingenio, los romanceros y la poesía popular, que trascendían más allá que en la ciudad, pues aquí los campesinos también celebraban.
Un rasgo curioso, diferente de las ciudades, es que aquí las mujeres solían apoyar la adopción de huérfanos y familias en desgracias, con lo cual formaban grandes vínculos que sostenían las haciendas.
b) Mujeres de la masa popular: Típicamente descrita como una mujer que se adapta a su pobre realidad en la mayoría de los casos, cuyas características físicas se adaptan al clima sea este favorable o desfavorable, ya que no era lo mismo observar mujeres campesinas de la zona central, normalmente sujetas al trabajo del campo; que a diferencia de las mujeres obreras o mineras del Norte Grande. Conforme avanza este siglo, estas mujeres comienzan a ser más afectadas por el mestizaje, mezclándose con otras etnias como los indígenas en su mayoría. Teresa Pereyra, una autora que ha estudiado este tema, plantea la necesidad de atender a esta mujer del mundo rural, porque es ahí donde hubo un gran desarrollo y formaba parte del 80% de la población, por lo cual su rol es sumamente importante.
Volviendo a la ciudad, las pocas mujeres del “populacho” en comparación con el campo, gozaban también de las chinganas, o al menos durante el tiempo que mas proliferaron, sus fiestas que duraban más de un día le permitían disfrutar de las comidas, bailes, cantos y ciertas prácticas tabú de la sociedad, que el Estado intentaba controlar con el avance del siglo y cuyo objetivo le costó varios dolores de cabeza. Incluso mujeres de la alta sociedad, solían integrarse a estas fiestas siendo duramente castigadas, por lo menos en la primera mitad del siglo XIX, por el resto de su clase.
Las costumbres indígenas también lograron traspasar más allá de los rasgos físicos, sus hábitos, tradiciones y costumbres se mezclaron con los de estas mujeres, de esta manera los santos patrones a los que rezaban pronto comenzaron a ser acompañados por elementos propios de los indígenas como vestimenta, ritos, etc. A diferencia de las mujeres de elite, estas lograban formar grandes familias, donde las relaciones de parentesco se confundían, aunque demostraba la alta tasa de fecundidad que existía en esos años, e incluso registros que no se tienen pues no todas se preocupaban de que aparecieran en los libros de registros.
Esta mujer modesta, en comparación a la alta clase social, no le preocupa tanto su imagen, su educación era sumamente descuidada, pocas sabían leer y escribir, pues no estaba dentro de sus interese más necesarios, el hogar y su hombre eran más importante. Una serie de actividades llenaban su tiempo como la comida, lavar ropa y el tejido
Algunos testimonios afirman que eran más tratables, que los hombres de su clase, se mostraba orgullosa y optimista frente al resto, su fe espontánea era una sus principales creencias. Sin embargo, la escasez y comprobación de fuentes hace difícil la reconstrucción de estas historias, a diferencia de las mujeres de elite.
Lo que si es cierto, es que después de la mitad del siglo XIX, la mujer vinculada a familias obreras de la minería, se veían con numerosos hijos y muchas veces abandonadas, ya que la situación difícil como salarios bajos, alcoholismo, suciedad y enfermedades; mermaron enormemente la moral familiar, por lo cual los maridos se alejaban de sus esposas e hijos. Paralelamente, es posible afirmar que muchas madres pudieron sostenerse ayudándose unas con otras, y por otro lado, muchas se vieron en el camino de la prostitución.
La madre obrera de fines de siglo se declara católica, pero el cuidado de los niños menores le impide la asistencia regular a la misa dominical. Pero se preocupan, como ya se dijo, de sus santos a quienes atribuyen milagros muchos sucesos naturales.
Fuente:- Neira, M. (2004). Castigo femenino en Chile durante la primera mitad del siglo XIX.
– Cruz, Lucía; Zegers, I. & Pereyra, T. (1978). Tres ensayos sobre la mujer chilena. – Santiago: Ed. Universitaria.
http://www.memoriachilena.cl: Fotografías

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