Sociedad en el Chile del Siglo XIX
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Inmigrantes en Chile

Los inmigrantes alemanes en Chile

Las dos últimas décadas del siglo XIX, fueron el período de mayor esplendor de la comunidad alemana asentada en las regiones de Valdivia y Llanquihue. Aunque nunca sumaron más del 5% de la población de esos lugares, constituyeron un núcleo de desarrollo industrial que gravitó a escala nacional. Valdivia se constituyó un sector industrial dedicado a la elaboración de cerveza, curtiembres, astilleros y aserraderos; en las orillas del lago Llanquihue y en los llanos de Osorno, las actividades agropecuarias se desarrollaron en función del abastecimiento de insumos para el enclave valdiviano; además, en Puerto Montt prosperó el comercio con Hamburgo, lo que amplió formidablemente la demanda para la producción de los colonos alemanes.

Los primeros colonos arribaron a una región que, hacia 1840, estaba separada del resto del país por el territorio mapuche y era la más atrasada de Chile. Las autoridades nacionales dispusieron medidas de estímulo para el asentamiento de inmigrantes extranjeros y encomendaron a Bernardo Eunom Philippi la captación de colonos en Alemania y la demarcación de los terrenos en que se establecerían.

En octubre de 1850, Vicente Pérez Rosales reemplazó a Philippi como agente de colonización en Europa y, dos años más tarde, desembarcó en Puerto Montt con decenas de familias alemanas que se instalaron a orillas del lago Llanquihue. Esta nueva oleada de inmigrantes debió transformar el paisaje natural del territorio para dedicarse a la agricultura, cuya producción se complementó armónicamente con las actividades fabriles y comerciales que realizaban sus compatriotas radicados en Valdivia.

Hacia 1870, el proyecto de colonización alemana en el sur de Chile era todo un éxito. La región ostentaba el mayor dinamismo económico del país y los nuevos ciudadanos eran un ejemplo de laboriosidad, honradez y espíritu emprendedor para el resto de los chilenos.

 

La inmigración árabe a Chile

A fines del siglo XIX la desestabilización del Imperio Otomano llevó a miles de árabes de fe cristiana originarios de Palestina, Siria y el Líbano a partir como inmigrantes al continente americano, estableciéndose mayoritariamente en Estados Unidos y el resto en los países latinoamericanos.

El flujo migratorio árabe a Chile no fue de gran magnitud. Se calcula que el total de árabes que llegó a asentarse al país fluctuó entre 8 mil y 10 mil personas, de los cuales alrededor de un 50 por ciento era de origen palestino, un 30 por ciento sirio y el 20 por ciento restante libanés. El itinerario de la cadena migratoria árabe se iniciaba en los puertos de Beirut, Haifa y Alejandría, pasando por Marsella o Génova hasta llegar a Buenos Aires, desde donde continuaban su viaje cruzando la cordillera a lomo de mula o en el tren trasandino.

Siguiendo una tradición generalizada de los pueblos de donde provenían, los inmigrantes árabes se dedicaron con preferencia al comercio. En un principio ejercieron el comercio itinerante, recorriendo el país cargados con mercaderías, que ofrecían en las calles, luchando por darse a entender a media lengua. A poco andar los inmigrantes dominaron el idioma del comercio y comenzaron a ubicarse definitivamente en tiendas localizadas en las calles comerciales de los pueblos y ciudades del país. El progreso económico les permitió a numerosos miembros de la colonia árabe aprovechar las oportunidades que ofrecía la industrialización, incursionando con éxito en la industria textil y, posteriormente, en la banca, la agricultura y la minería.

A pesar del progreso económico de los comerciantes e industriales de origen árabe su inserción en la sociedad chilena fue difícil. Estos debieron soportar la discriminación y rechazo de una parte de la sociedad chilena, la que se prolongó a sus hijos y, en menor medida, a sus nietos. Esta discriminación -determinada por prejuicios socioculturales, económicos y raciales- fue denominarlos despectivamente “turcos”, actitud que hería su susceptibilidad, porque los identificaba con sus opresores en su tierra madre.

Inmigrantes franceses

Durante la segunda mitad del siglo XIX muchos franceses contribuyeron a la consolidación de la vitivinicultura francesa en Chile central. Fueron contratados por particulares para dirigir los trabajos que requerían las nuevas viñas y, al mismo tiempo, por el Gobierno de Chile que contrató a diversos especialistas en agricultura, en general, y vitivinicultura, en particular. Otros se constituyeron en propietarios de viñas francesas, con lo cual contribuyeron a la divulgación de este rubro en el campo chileno, transformando a la sociedad rural chilena del siglo XIX, con sus aportes a este rubro. Entre 1810 y 1825, la inmigración francesa no es muy numerosa y se compone principalmente de exiliados políticos, antiguos militares y científicos. Hasta la 1860 la inmigración es espontánea, sin embargo hacia fines del siglo XIX se enmarca en las políticas de fomento a la inmigración europea para poblar los territorios del sur del país. Entre los años 1840 y 1940 se estima en 25.000 la entrada de franceses a Chile. Otras informaciones señalan que entre mediados del siglo XIX y y comienzos del siglo XX el número total de franceses en Chile pasa de 1.654 personas en 1854 a alrededor de 10.000 en 1912.

 

Inmigrantes ingleses

La burguesía británica que llegó a Valparaíso vio en su nuevo domicilio una oportunidad para hacer riquezas sin perder sus tradiciones. Los barrios de la colonia eran una réplica de su tierra natal; se trajeron sus cigarros, sus ropas, el té; practicaron sus deportes y siguieron siendo lobos de mar, esta vez desde la Marina chilena. No, para ellos no era Valparaíso de Chile, sino el Valparaíso de Gran Bretaña.

Apenas el Puerto abrió sus costas al libre comercio en 1811, recién alcanzada la Independencia chilena, los ingleses –que antes ofrecían sus contrabandos- comenzaron a atracar en Valparaíso. Los primeros en llegar fueron los hermanos John y Joseph Crosbies en el bergantín Fly. Traían consigo herramientas, artículos de loza, lana y algodón, con instrucción de devolverse con cáñamo y cobre. Fue el primer intercambio de lo que sería una arraigada relación comercial entre Gran Bretaña y Chile.

Hasta 1814 de los ocho buques extranjeros que fondearon en el Puerto, cinco eran británicos. La reconquista española frenó este movimiento, pero en 1819 ya se veían algunos carteles en inglés coronando las tiendas de las calles comerciales. Lo cierto es que los ingleses controlaron el comercio, las industrias y la actividad financiera de Valparaíso durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En 1917 formaron su propia Cámara de Comercio, agrupando a las compañías y bancos de origen anglosajón.

Se aprecia además la notable influencia inglesa en el aporte cultural, tanto en costumbres, educación, la influencia deportiva como lo fue el tenis, cricket, rugby y en especial el futbol (football) y la incorporación inglesa no solo a la sociedad civil, sino también al las fuerzas armadas, en especial a la marina, desde donde dejarían gran legado a la conformación de esta área militar en Chile. En 1818, cuando Manuel Blanco Encalada era Comandante General de la Armada, la mayoría de sus principales oficiales fueron ingleses. Ese mismo año llega a Valparaíso Lord Cochrane, descendiente de una estirpe de ilustres marinos ingleses. En 1819 ya estaba al mando de la Escuadra Chilena, imponiendo el implacable deber por el deber de los británicos. Bajo su mandato los comandantes de buques fueron todos ingleses, menos un norteamericano. Estos formarían familia con chilenas, dando inicio a un linaje de hombres de mar. Es el caso de Robert Simpson, quien llegó al Puerto en 1821 como teniente y que alcanzó el grado máximo de Vice – almirante; sus hijos también fueron oficiales en la Marina.

La colonización de la Araucanía

Coincidiendo con la guerra del Pacífico, en 1880 había tenido lugar la última gran insurrección araucana. La rebelión fue sometida después de dos años de lucha, sobre todo cuando, concluidas las principales acciones de la guerra que tenían el norte por escenario, pudieron reforzarse las posiciones militares. En enero de 1883 tropas chilenas ocuparon Villarrica, antigua ciudad colonial destruida por los mapuches en el siglo XVII y convertida en símbolo de la antigua explotación de los indígenas en los lavaderos de oro y de la resistencia araucana. De esta manera, la región situada entre los ríos Cautín y Toltén quedó sometida definitivamente después de tres siglos de resistencia y se abrió el camino para el control efectivo de las tierras que franqueaban las puertas hasta el estrecho de Magallanes.

Comenzó entonces la colonización de la Araucanía, favoreciéndose la inmigración que debía “civilizar” las regiones definitivamente incorporadas a la nación. En 1882 se creó la Agencia de Colonización General, que reclutaba inmigrantes en Europa. La llegada de colonos extranjeros -alemanes, suizos, italianos, franceses y españoles, entre otros- fue dirigida al asentamiento agrícola en esta región, mientras que ingleses y escoceses se dirigieron a las tierras meridionales, donde se dedicarían con provecho a la ganadería ovina. Este movimiento hacia el mundo rural, en realidad, contrastaba con la tendencia que mayoritariamente estaba dándose en Chile, pues durante la década de 1880 la población urbana creció en forma mucho más rápida como consecuencia del desarrollo minero, el auge industrial y la construcción de líneas ferroviarias. Chile parecía alcanzar la máxima proyección internacional y la mayor confianza en sus posibilidades nacionales. El desplazamiento de las fronteras había ampliado la superficie chilena en más de un tercio y lo había hecho ganando regiones con considerables recursos naturales para la minería y la agricultura. En la última década del siglo XIX todas las aspiraciones chilenas habían cristalizado favorablemente, el país prosperaba y el optimismo era tónica dominante.

 

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