Sociedad en el Chile del Siglo XIX
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El presente blog intenta dar un esbozo general acerca de la naturaleza de la sociedad en el Chile del siglo XIX. Siglo tremendamente importante para Chile, en el cual se configuraron las principales características económicas, políticas, culturales y sociales que nuestro país tiene, en un proceso que no nunca cesa de experimentar cambios, pero que mantiene su herencia de las matrices culturales que configura su sociedad, y donde el siglo XIX mucho tiene que decir.

Es precisamente en el punto social donde este blog pone énfasis. Sin querer pecar de ambicioso intentará dar un vistazo general a la sociedad Chilena, principalmente en la segunda mitad del siglo, poniendo hincapié en la principales transformaciones sociales que vivió la Nación Chilena. Este blog busca ser una instancia de comprensión para personas poco familiarizadas con la Historia de Chile del siglo XIX, en especial, alumnos de enseñanza media, entregando ideas centrales que permitan comprender de manera didáctica y sencilla el cómo, se configura la sociedad y de qué tipo.

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LOS FUNDAMENTOS MORALES DE LA SOCIEDAD

Al terminar el siglo XVIII, la sociedad chilena, en sus diferentes jerarquías, se cimentaba sobre dos grandes principios místicos: el del dogma de la majestad real y el del dogma de la majestad divina, es decir, en un respeto incondicional a la Corona, que era el símbolo supremo del espíritu español en el cual total­ mente se encarnaba, y en una veneración absoluta a los principios de la Iglesia. Ambos dogmas ya entonces habían perdido algo de su antigua y sólida consis­tencia moral: el real se había debilitado a impulsos de las propias reformas que la monarquía introdujo en sus dominios, y por ciertas medidas que lastimaron profundamente la conciencia de la clase social preponderante, tales como la falta de una verdadera libertad de comercio, la expulsión de la Compañía de Jesús y, finalmente, el término del régimen de las encomiendas. El dogma de la majestad divina perdió a su vez vigor. Las costumbres patriarcales de la antigua sociedad de los siglos XVI y XVII, dominadas enteramente por el espíritu y moral de los sentimientos de algunos extranjeros que solían cuidarse de chilenas, principalmente franceses e italianos. La Iglesia, desde la expulsión de la Compañía de Jesús, no manejaba el freno de las conciencias y, desde el mo­mento en que la ilustración se hizo un poco más vasta, fue posible percibir en los espíritus, si acaso no una rebeldía, por lo menos un sí es no es de indepen­dencia moral, para juzgar y apreciar los actos de la vida desde un punto de vista psicológico y moral. Sin embargo, todavía la Iglesia se conjugaba plenamente para acentuar y darle toda su expresión de forma al dogma de la majestad real, del cual continuaba recibiendo no pocos beneficios.

LA POBLACIÓN Y SUS CLASES SOCIALES

Tal era, en resumen, el fondo moral de la sociedad al iniciarse el siglo XIX. La población del país, ya organizado administrativamente debido a las reformas de la dinastía borbónica y a la obra eficaz de grandes gobernadores, no alcanzaba, seguramente, a más de medio millón de habitantes, sin tomar en cuenta a los araucanos, cuya suma podía ser entonces calculada en cien mil almas. En general, la población chilena era pobre en comparación con la de los grandes virreinatos y aun con las de otras capitanías generales. Cerca de las tres cuartas partes la constituía el mestizaje español indígena. No eran ni bárbaros ni civilizados y llevaban una vida ruda y triste, sin horizontes de ninguna especie. Formaban el elemento de explotación de los campos de cultivo en las feraces regiones del Valle Central o en los secanos de la cordillera de la costa; eran el músculo fuerte en el trabajo de las minas de las montañas, y bien podía considerárseles como los siervos de la tierra, como el conglomerado más importante de la servidumbre del servicio rural Los criollos se levantaban sobre esta sabana social. Eran los descendientes de los españoles de pura y limpia sangre blanca, mezclada a veces con el indíge­na, y no exenta, en otras, de ciertas gotas de la africana. Constituían el elemento básico de la civilización europea, lo nacional genuino de la Colonia, si quiere decirse. Poseían las tierras de cultivo, las minas, algunas pequeñas industrias, prosperaban en el comercio, en manera muy desigual; tenían acceso a las dignidades del clero, a las no muy encumbradas del ejército, y en los cabildos aprendían débilmente el arte del gobierno de las ciudades; servían en la Universidad de San Felipe y en otros colegios la docencia y la dirección de la enseñanza. Era la élite intelectual, por misérrima que fuera. La alta clase social de este grupo, que bien contando no llegaba a ciento cincuenta mil, traía su origen en una transformación racial verificada en el país al finalizar el siglo XVII, y acentuada en el siguiente; era el producto de un desplazamiento paulatino de una parte del elemento conquistador primitivo, reemplazado por familias de origen vasco y entroncado con la vieja estirpe castellana, que había colaborado en esa empresa y que aún subsistía.

Los españoles no eran más de veinte mil; pero era la estirpe social predomi­nante. De su sangre pura o no, había surgido el criollo; éste heredó sus tierras, su fortuna y su rango. Poco a poco, los españoles fundadores fueron extinguién­dose, y una casta oficial, venida de la metrópoli, de escasa raigambre en el país, reemplazó a la de los conquistadores, Era éste un grupo privilegiado: el gobier­no, la alta jerarquía administrativa, la justicia de segunda instancia, la preemi­nencia en el ejército y cuanta actividad administrativa de importancia remunerada, le pertenecía. Tenía valimiento en la Corte, disponía de influencia política y estaba poseído del orgullo de su origen, que no dejaba de lastimar a los criollos. Ni eran más ni menos que éstos en el orden moral, y tal vez más en todo caso, porque mientras los primeros no amaban al país por lo general los segundos lo contemplaban con ojos de enamorados: el cielo y sus montañas; sus ríos y sus lagos; sus árboles y su clima; sus mujeres y sus hombres; sus trigales y sus huertos; sus aves y sus frutos, los extasiaban en la contemplación. Y en el interior pensaban, como buenos hombres amantes del terruño, ¿por qué no ha­cer grande esta patria? ¿Por qué no poder nosotros dirigirla? He aquí el primer rozamiento psicológico del criollo con el español.

csas de los crioolo y españoles

 

Tipos de casa de los españoles y criollo en la ciudad

Los estratos sociales que se siguen a éstos, se diversifican en varios grados inferiores. Son los esclavos africanos y sus derivados con mestizos e indígenas, los zambos y mulatos. No alcanzaban felizmente, entonces, a veinte mil. Era la escoria social, el desecho humano, que un régimen bárbaro pero legal poco menos que había embrutecido. No había elemento suficiente para renovar la raza, es decir, el porcentaje de extranjeros era ínfimo. En el siglo XVIII hay algunos centenares: disminuyen después. En 1808, el censo arroja, efectivamente, ciento. De este modo, las uniones matrimoniales se hacen en cada gru­po: el criollo, de origen vasco o castellano, cierra cada vez más el círculo fami­liar hasta constituir una verdadera casta de trascendente importancia en la vida social y política del país, que le dará a su organización, en cuanto las otras de América, una fisonomía propia. Pero hará nacer cierto complejo de inferiori­dad racial, principalmente en las mujeres, que, cansadas del mismo tipo de hom­bre, entre agrícola y urbano, enaltecerán al extranjero, al inglés, francés e ita­liano, en quien idealizaran un tipo de amor. El mestizo se funde en él mismo. De siervo se convierte, al dejar de ser encomendado, en inquilino: se hace arte­sano, trabajador manual, obrero: la miseria es él.

La historia de Chile, a diferencia de cualquiera otra historia, carece de pue­blo, porque no tiene plebe, porque no la anima ningún sentimiento como no sea el de la servidumbre. El pueblo aflora con intermitencias: en 1814, para vengar, con la piedra en la mano, la opresión de los Talaveras; en 1818, para combatir en los llanos de Maipo por simple espíritu militar; en 1839, cuando se da cuenta de que ha nacido una nueva aurora para él; en 1879, porque siente la grandeza de Chile; en 1891, inducido a la lucha por la alta clase social; en 1920, porque ha llegado, al fin, su redención. Y siempre es la miseria…

 

EL MEDIO AMBIENTE DE LA VIDA

Esa población y esas clases sociales se reparten en los campos y en las ciuda­des. La hacienda, la gran hacienda chilena, alberga al inquilino. Su vida no cambia en todo el siglo XIX. El inquilino ama la tierra que lo vio nacer, porque es su único mundo; generaciones de generaciones le han precedido y él sigue allí, como el árbol, profundamente enraizado a la tierra.

campesinado

Vive de lo que le dis­pensa el patrón, según sea su carácter bondadoso o áspero. Ha quebrado todo gesto de rebeldía. Siente por el amo un temor reverencial y entrega a veces hasta la honra de sus hijas, Una choza embarrada y de techo pajizo, que no es más que una mejor adaptación de la ruca indígena primitiva, le sirve de hogar, en la cual no hay la más ligera comodidad. Un salario miserable se le abona por el trabajo que efectúa. Una ración mezquina de alimento le sirve para mantenerse. No conociendo otra imagen mejor de vida, el inquilino no maldice su suerte ni aspira a más tampoco, porque en su alma hay cierto fatalismo. Se siente feliz con su mujer y sus hijos, y con los dos grandes amigos de su existencia: un perro fiel y un caballo sufrido y educado exclusivamente para las tareas campesinas.

Sus alegrías son escasas: no pasa de una fiesta culminada en una borrachera, que se ameniza con los cantos tristes y monótonos de la música de una cueca. Las costumbres campesinas, sin embargo, conservan hasta bien en­trado el siglo XIX ciertas formas de integridad moral, de fondo sano, de ambiente noble y fresco.

No era tampoco mejor la vida en las ciudades. La población, al comenzar el siglo XIX, en cada una de ellas, reducida. Treinta eran las ciudades; mas algunas apenas si merecían el nombre de villas. A sólo siete podía aplicárseles realmente el título de ciudades. Santiago, en 1810, alcanzaba a cuarenta mil habitantes; en 1865, según el censo, era de 115.377 habitantes, y en 1897, llegaba a 312.467. Valparaíso, hacia esa misma fecha, contaba con poco más de tres mil; en 1865, tenía 75.330, y en 1879, esta suma alcanzaba a 122.447. Concepción y Valdivia, al comenzar el siglo XIX, barajaban cifras de población entre cinco y seis mil habitantes. Para la primera, en 1897, ésta era de 27.942 habitantes; para la segunda, de 37.674. La Serena, Talca y Chillán, contaban con más o menos tres mil pobladores; pero en el correr del siglo, éstos habían aumentado considerablemente. En 1897, La Serena poseía 34.332; Talca, en ese mismo año, 78.429, y Chillán, 41.334.

Los caminos, los puentes, hasta muy entrado el siglo XIX, eran malos. La red de ferrocarriles y la de los hilos del telégrafo comenzaban a extenderse. Los resultados económicos de la Guerra del Pacífico iban a transformar radical­mente la vida nacional en su aspecto espiritual y material. Antes, el progreso del país, sin dejar de ser evidente ‑hasta tal punto que no es posible una compa­ración siquiera del Chile de 1810‑ se hizo a base exclusiva de sus entradas pre­supuestarias, en las cuales no podían anotarse enormes beneficios, sino apenas leves impuestos sobre industrias mineras, agrícolas y de algún otro orden. Con sus entradas normales, sin recurrir a empréstitos, se llevó a cabo la guerra contra la Confederación Perú‑Boliviana, y con sólo empréstitos internos, la del Pacífico. He aquí un timbre de gloria para los estadistas de ese tiempo. Santiago, en 1840, era más que Buenos Aires como ciudad moderna; en 1860, mucho más que Lima en ese mismo sentido, pero ya la capital del Plata comenzaba a desplegar sus alas. En 1886, a la ciudad mapochina podía llamársela el París de América, según Rubén Darío.

 

CARACTER ARISTOCRATICO DE LA ORGANIZACION SOCIAL CHILENA’

La jerarquía fue la característica dominante de la organización social chile­na durante todo el siglo XIX. Este aspecto social venía arrastrándose casi desde un siglo y medio atrás. El criollo, heredero de los vicios encomenderos, poseía todo el suelo agrícola del país, y se encontraba dominado aún por las tradicio­nes militares que sus antepasados en las guerras de Arauco le habían legado; o bien, por las preocupaciones de estirpe, cuando, sucesor de un vasco del siglo XVIII, enriquecido en el comercio y dedicado a las faenas agrícolas, necesitaba consolidar su situación con un provechoso matrimonio. Diez títulos de Castilla exhibía la sociedad chilena al finalizar el siglo, lo cual quiere decir que todos ellos, o casi todos, estaban vinculados a mayorazgos en grandes latifundios, siendo muchas también las tierras simplemente vinculadas. La unidad familiar servía a maravilla para mantener la casta, 0 las relaciones de la casta. Pero este criollo de origen vasco o castellano estaba dotado de grandes virtudes. No era, ordinariamente, un hombre culto. A él se le atribuye aquella especie de sentencia, que dice: «La fortuna te dé Dios, que el saber nada te vale».

Era sobrio y tenaz; escaso de imaginación, porque antes que nada, era positivo y práctico. Infatigable para el trabajo, había llegado a convencerse de que la tierra no era generosa si su esfuerzo no abría el surco, si en las montañas no era su músculo el que buscaba la veta de una mina. Honrado y escrupuloso, con un sentido muy desarrollado del honor, fiel a su palabra, consecuente con sus ideas, el único cargo que puede hacérsele a este tipo de la vida social chilena del siglo XIX es su egoísmo. Sin embargo, este egoísmo nace de su fuerte indivi­dualidad, cuyo origen arranca de la conciencia de su valía personal. Sería una injusticia condenarlo por no haber tenido sentido de solidaridad social con las clases inferiores, porque éste es un concepto de la evolución de las ideas de nuestro tiempo. Le bastaba cumplir con los preceptos del evangelio en cuanto al sentimiento de caridad, que a veces extremaba, como en muchos casos, y en otros, por dureza de alma, parecía ignorar o interpretar en su favor. Era, con todo, un elemento de orden y de colaboración en el gobierno, y siempre que éste pareció dispuesto a respetarlo en sus preocupaciones e intereses, a confor­marse con su mentalidad sencilla, enemiga de las ideologías difusas, de las re­formas de trascendencia, fue su mejor y más decidido sostenedor. Cuando el gobierno contrariaba sus aspiraciones, lesionaba sus puntos de vista, hería sus susceptibilidades religiosas o aristocráticas, avanzaba en las reformas económi­cas, el espíritu de fronda se erguía poderosamente en él. Desde 1850 hasta 189 1 ‘ salvo algunos cortos períodos, la fronda estuvo siempre en acción. Desde 1891 hasta 1900 está en paz, porque es el patricio el que controla el gobierno. Ya antes, en el período de la formación republicana, cuando se dan los primeros pasos para organizar el nuevo régimen, asoma también esta tendencia: odia y vence a Martínez de Rozas, por su carácter prepotente y audaz para imponer reformas; termina con Carrera, que pertenecía a su círculo, pero que no lo acepta por su personalismo; contribuye a la caída de O’Higgins por sus tendencias dic­tatoriales absorbentes y por haber tocado sus ideas aristocráticas, y por las re­formas que desea implantar; levanta a Freire, y lo combate cuando se producen rozamientos con la Iglesia; y, por último, termina anulando a Pinto, por haber intentado abolir los mayorazgos y secuestrar los bienes del clero. Se conforma con Portales, porque representa el equilibrio entre el pasado y el presente. Se disgusta con Montt, porque el Presidente tiene sobrada personalidad y carácter para no aceptar imposiciones. Con Pérez se siente bien en un gobierno de tran­sición. Con Errázuriz termina mal. A Santa María, el patriciado casi lo lanzó a la revuelta. Balmaceda concluye suicidándose. Es esta aristocracia, en permanente estado de fronda, la que, destruye, en el tiempo, el llamado orden portaliano, cada vez que no es gobierno, 0 no lo influye,

Había aprendido a mandar y a dominar en la escuela de la hacienda, «Poseía el don de tratar al pueblo, satisfaciendo algunos pequeños anhelos que no te producían daño a su situación social y de poder», escribe un autor moderno. «Explotando sus propiedades en forma rudimentaria y de acuerdo con el sistema natural, aceptaba los progresos de la técnica y de las instituciones con cier­ta resistencia, pues desconfiaba de toda innovación brusca y precipitada. En sus ideas religiosas no era ni beato ni fanático, pero apoyaba ampliamente a la Iglesia, que consideraba como una institución creada para conservar al campe, sino y al pueblo en general su mansedumbre y obediencia. Aun cuando era ateo o liberal avanzado, mantenía esta misma actitud frente a la Iglesia».

 

DEMOCRACIA POLÍTICA Y DEMOCRACIA SOCIAL

La vida del campesino mejoró lentamente en el correr del siglo XIX. Era la consecuencia del progreso económico del país. La minería, con el aliento de Chañarcillo, la Descubridora y Tres Puntas, levantó la producción general; para la agricultura se habían abierto también nuevos mercados en el exterior. Ade­más la gran hacienda comenzó a dividirse. Este, aunque fue un proceso largo, puede decirse que culminó en las leyes de ex vinculación de los mayorazgos de los años de 1852 y 1857. Al producirse la ex vinculación, la vieja aristocracia colonial perdió una parte considerable de su importancia social, y las propiedades, las grandes haciendas, fueron subdividiéndose paulatinamente. A consecuencia de ello mejoraron los salarios. Pero el inquilino siguió viviendo como en los días del coloniaje. Un dato revelará hasta dónde llegó este progreso. Sólo ya muy entrado el siglo XIX se introdujo la reforma de dar a los trabajado­res de la ciudad y a los del campo un plato de frijoles o porotos para su almuer­zo. La carne no se usaba como alimento fuera de la época de la matanza, ni por los mismos hacendados; les resultaba a éstos demasiado subido matar una res para el alimento de unos pocos individuos, durante dos o tres días, como dice un autor. Tampoco habían cambiado las condiciones espirituales e intelectuales de los inquilinos: en las haciendas, por excepción, se encontraba una escuela primaria. Esta instrucción la daba el cura del latifundio, de algún patricio.

El proletariado es un fenómeno de ayer en la historia de Chile. No cabe duda que ya al término del siglo XIX, en los últimos treinta o cuarenta años, aflora con caracteres confusos. El obrero, el artesano, comienzan a agruparse en sociedades mutualistas o a plegarse a los partidos políticos de avanzada. Pero estas primeras manifestaciones no están claramente definidas, porque oscilan entre una aspiración política de reforma democrática, ajena a los intereses populares, o son simplemente vagas idealidades para llegar a una democracia so­cial, que entonces nadie, ni los hombres más cultos, habrían podido definir. La presentían sólo intuitivamente.

La vida del trabajador de la ciudad, en cuanto a las condiciones de higiene de las habitaciones, era miserable. Ya en 1868, una ordenanza municipal prohi­bió la construcción de ranchos, y la ley de municipalidades de 24 de diciembre de 1891 confirmó la prohibición anterior y dispuso “la construcción, en condi­ciones higiénicas, de conventillos, o casas de inquilinato para obreros y gente pobre”. La primera población de obreros es de 1853, y los conventillos, ese pudridero de la vida del pueblo, son casi de ese mismo año.

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Los salarios de los obreros y artesanos de las ciudades habían subido considerablemente. Después de la Guerra del Pacífico llegaron a su etapa más alta. Los vicios inherentes a las clases populares de las urbes comienzan ya entonces también a acentuarse: el alcoholismo y las enfermedades sociales; la unión de la familia se destruye; su constitución se resiente hasta grados increíbles. El liberalismo anticlerical y escéptico predicado en quienes no podían entenderlo en su expresión filosófi­ca, fue parte considerable a acrecentar este mal, y también la intransigencia de la Iglesia y la obra de un determinado partido, concluyó restándole adeptos. Sin embargo, estas clases populares pudieron recibir los beneficios de la ense­ñanza primaria, en una gran parte, mas no de una manera que no llegara a avergonzar la cifra pavorosa de los analfabetos. He aquí, en esta cifra, otra cau­sa de la esclavitud de las clases populares de Chile. Se las estimó únicamente como una fuerza política manejada, en los campos, por el señor de la hacienda, y en las ciudades, por el industrial o el comerciante, los partidos y la Iglesia. La política, en efecto, fue el deporte de la oligarquía en el siglo XIX. Ya se fuese pelucón o pipiolo, conservador o liberal, radical o demócrata, se buscaba el juego de la vida política por el realce que daba a la posición social, o para llegar a ella. “Los partidos según la expresión de un publicista, eran alianzas entre hacendados. Una combinación política favorable podía conceder beneficios a ciertas familia”. Así debía malograrse todo impulso en favor de una democra­cia social. Por lo demás, nunca hubo ni siquiera esa iniciativa; todo lo concen­traba la política, y dentro de su juego no era el espíritu democrático el que, en la alta clase social, pretendía nivelar las profundas diferencias que existían. Este es un acontecimiento muy posterior en nuestra historia, y es obra de la clase media emancipada de prejuicios y formada en los liceos del Estado y en la universidad. Al finalizar el siglo XIX, todavía las gamas sociales podían clasifi­carse así: el caballero de la aristocracia, el siútico de la clase media, el roto del pueblo y el pililo de la turbamulta.

 

SOCIEDAD FINISECULAR

Este es el periodo más corto, pero alberga un gran número de cambios y novedades que, lo alejan definitivamente de la Colonia y lo emparentan más con nuestros tiempos. Es una etapa signada por la riqueza salitrera que brindia al país la posibilidad de llevar a cabo una primera modernización, consistente en la dotación de infraestructura ferrocarrilera, portuaria y educacional.

Políticamente, hubo un quiebre entre la oligarquía gobernante que arrastró al país a un sangrienta guerra civil en 1891. El desenlace favoreció a quienes ostentaban el poder económico, cuyos intereses fueron salvaguardados por un congreso con mucho poder que despojó al presidente de parte importante de sus atribuciones. Por lo mismo, conoce este periodo como “República Parlamentaria”.

En lo cultural, nos encontramos con una serie de transformaciones como el incremento del modo de vida urbano y una gran producción intelectual, literaria y artística. La cultura nacional maduro en distintos ámbitos y emergieron figuras que no provenían exclusivamente de las filas de la oligarquía. La prensa, la literatura y las bellas artes representaron la realidad chilena y denunciaron los vicios en la conducción del Estado de los asuntos públicos. Particular atención recibieron los problemas sociales que en es época dieron origen a la denominada “cuestión social”. Igualmente, aumentó descontento popular frente a las injusticias del sistema oligárquico.

 

POBLACION Y CAMBIOS SOCIALES

Chile era un país que se transformaba y cambiaba día a día, esto influyó en su población, ya que surgió con fuerza un proceso de urbanización.

En 1865, la población urbana representaba sólo un 21,8 por ciento de la población total del país que era de 1.819.000 habitantes. A finales de siglo ésta aumentó un 34,1 por ciento,siendo la población total del país 2.695.000 de habitantes. Esto se debió en parte a la ampliación de la red de ferrocarriles y a la creciente actividad económica, que permitió la creación de nuevas ciudades y pueblos con la consiguiente migración hacia ellos.

Los cambios no sólo se produjeron en el número y estructura de la población, sino que también en los diferentes grupos sociales. Se trataba de una sociedad cada día más compleja.

En los puertos y minas se apreciaba una actividad febril. Llegaban numerosos vapores, los pitos de los trenes llenaban el aire y las misteriosas bombillas de gas alumbraban el centro de Santiago, que trataba de parecerse a París.

La clase dirigente, había cambiado. A las antiguas y tradicionales familias se les había unido un sector emergente recientemente enriquecido en las actividades mineras, empresariales y bancarias, dando origen a una oligarquía que manejaba las riendas del país.

Los sectores medios se transformaron en un creciente grupo, favorecidos por el acceso a la educación. Lo conformaban profesionales, pequeños empresarios, comerciantes, empleados y militares.

Los cambios económicos y sociales dieron origen a un naciente proletariado conformado por obreros que recibían un salario por su trabajo, ubicándose éstos en los puertos, industrias, ferrocarriles y labores mineras. De este nacieron las primeras organizaciones obreras que lucharon por obtener mejores sueldos y condiciones de vida.

La vida rural no tuvo grandes transformaciones por todos los cambios que vivía el país; en el campo los días pasaban casi igual que a principios de siglo, el tiempo se regía por las siembras y cosechas. Persistía la gran propiedad llama latifundio y el trabajo aún se basaba en el inquilinaje, en el trabajo del campesino para el patrón a cambio de un lugar donde vivir y alimento.

Cultura

Lo considerado desarrollo cultural tiene que ver con el concepto de cultura que se maneje. Usualmente hablamos de alguien culto cuando esa persona maneja determinado tipo de conocimiento o tiene cualidades en su forma de hablar o vestir que se consideran “las correctas”, así, la música clásica es culta, pero la Guaracha no parece serlo tanto.

Lo cierto es que desde un punto de vista social más complejo la cultura no es sólo la música, la pintura y el lenguaje, sino que todas las cosas que los seres humanos hacen y creen. También es incorrecto hablar de culturas mejores o peores.

Debemos tener claro que la cultura a que aspiraban las clases dominantes del país en este periodo histórico era la que veían en Europa, de esa forma comenzaron a crear universidades y seguir tendencias artísticas del viejo mundo, desechando la tradición cultural Latinoamericana de antes de la conquista de los españoles, considerándola muestra de atraso.

Fuente: Cruz, G. (1942). Publicado como Apéndice del libro “La abolición de la esclavitud en Chile”. Santiago.

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Fuente: Todos los esquemas son de elaboración propia en base al “Análisis del Proyecto Conservador y Repercusiones en la sociedad” del historiador Jorge Pinto en clases de Historia de Chile siglo XIX, Universidad de la Frontera, Chile.

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Los ingresos de la clase más alta sin duda impulsaban un consumo evidente. El acumular riquezas, según un visitante norteamericano, tenía como gran objetivo de la vida trasladarse a la capital, despilfarrar en costosos muebles, carruajes y una vida espléndida. Había una gran demanda de artículos de lujo importados. Gracias a los barcos de vapor, los viajes al extranjero se volvieron mucho más fáciles: la generación nacida alrededor de 1830 (una generación notable) fue la primera en realizar largos viajes a Europa a cualquier coste. Inevitablemente, los viajeros traían nuevas modas e ideas. Las influencias foráneas continuaron modificando el estilo de vida de la clase alta.

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La diferencia de clases, de más está decirlo, era inevitable. En los nuevos barcos de vapor, por ejemplo, los sirvientes pagaban la mitad de la tarifa; los peones y jornaleros, cuarto de la tarifa por un pasaje en el puente.

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En muchos sentidos, el inquilino era el elemento más estable en el campo. Las haciendas podían cambiar de propietarios; las familias de inquilinos solía permanecer. En cambio, los peones rurales eran otra cuestión: endurecidos y degradados por una subocupación y por una pobreza crónica, eran los más afectados cuando las malas cosechas producían hambrunas locales. Algunos seguían siendo vagabundos, que sobrevivían del robo de ganado y otras cosas.

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Fuente: Esquemas de elaboración propia en base a texto:”Progresivos cambios de la Sociedad” del libro Historia de Chile 1808-1994, de los autores Simón Collier y William Sater. Madrid: Ed. University Cambridge Press, 1999.

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Un personaje muy atractivo de este siglo, lo constituye la mujer chilena, que si bien se diferencia por la clase social que pertenezca (alta o baja), desde españolas criollas, aristócratas, hacendadas, monjas, campesinas u obreras; su función dentro de esta sociedad no pasó desapercibida, cumplieron roles fundamentales, que se muestran a continuación:
a) Mujeres de elite: A inicios de este siglo, se observa que esta mujer conserva bastante bien sus rasgos físicos, haciéndola destacar entre los hombres que tempranamente las buscaban para el matrimonio, pues durante este siglo todavía sigue siendo muy importante la imagen de esta clase, y una mujer que no se casara antes de finalizar su adolescencia era motivo de preocupación y repudio, en algunos casos, del resto de la familia. Normalmente está asociada a la ciudad, digna del salón, de las finas costumbres, vestimenta o decoración; que con el avance del siglo XIX, mostró como se iban adaptando a los cambios que sucedían en Chile, por ejemplo la mujer de los tiempos de la Independencia que conserva más rasgos coloniales, no es la misma que se pudiera ver en 1850 o 1860 en adelante, cuando el fenómeno de las migraciones internacionales traen nuevos elementos que incorporar a sus vidas y la vinculación que tiene con otros ámbitos antes impensables como la universidad, la política o la literatura tal fue el caso de Eloísa Díaz y Rosario Orrego.

Con todos los cambios, estas mujeres jamás ignoraron su imagen, al menos en la transición desde la Colonia a los tiempos republicanos, un tema demasiado relevante para olvidar, sus casas debían estar decoradas con elementos atractivos que hicieran juego con los colores, las formas y la ubicación del hogar. Adentro, todo un ordenamiento seleccionado, salvo que no siempre se tuviera el confort, pues preocupaba la opinión de los invitados, por sobre lo más conveniente para la propia familia. Durante el día se acostumbraba a hilar o tejer para hacer diferentes prendas en compañía de otras invitadas donde los temas de conversación eran motivo de horas y horas; también se preocupaban del cuidado de sus hijos e hijas, que debían ser cuidadosamente educados para llegar a ser grandes hombres y mujeres que mantuvieran la línea familiar. También solía ser común las tertulias o reuniones en la casa, donde la organizadora tenía que ser la mujer ya que se preocupaba de todos los detalles para que saliera espectacular.
No hay duda, que por lo menos hasta 1830 la estructura familiar debió ser profunda y sólida, pues pudo resistir todas las vicisitudes que sobrevinieron al país como la emancipación o separación de familias realistas y criollas. Incluso los salones de hogares de las principales familias solían convertirse en verdaderos núcleos de estrategia por la Independencia del país, la mujer fue el alma de algunos de ellos, como por ejemplo Javierra Carrera.

En el tema de la Iglesia, la mujer fue rigurosa en sus hábitos, la misa era motivo de glorificar a la familia y de potenciar o mantener su imagen. Más, las mujeres que entraban al convento eran aplaudidas por el resto, aunque algunas fueron obligadas por complicar la vida a sus padres y hermanos, entonces como una forma de esconderlas del público, debían ser enviadas a los conventos. Por otro lado, también fueron algunas debido a su fracaso frente a los hombres, pues sino formaban un matrimonio, las familias no estaban obligadas a seguirlas manteniendo.
Hacia 1840, según algunos autores, las migraciones que aumentaban más, fueron muy bienvenidas por muchas mujeres, quienes se transformaban nuevamente en el agente más activo para el acogimiento del invitado y el conocimiento de este, ya que su estancia no podía pasar inadvertida, sobre todo los extranjeros quienes eran sometidos en muchas ocasiones a verdaderos interrogatorios. Se presume que los franceses eran unos de los principales invitados, ya que se sabe que la tendencia se fue orientando a este país, y en temas como la moda, las mujeres más acomodadas solían estar pendientes de los cambios de ropa, que por cierto, tenían un muy buen gusto en las ciudades. Los modistos, prácticamente, ganaban mucho, aunque eran duramente restringidos ante la vanidad de algunas damas, que se acompañaban de excesos de lujos.
La vida social mantenía su estilo familiar, las visitas entre parientes seguían siendo comunes, salvo que se hacían ahora más frecuentes el cambio de algunas tertulias, el teatro, la ópera y los grandes bailes y comidas oficiales que podían organizar algunas familias. Las grandes fortunas, también fueron motivos de muchas inversiones, como el papel de doña Isidora Goyenechea Gallo.

Un cambio notable, fue el inicio de la costumbre a vacacionar en el verano cerca de la costa, dando vida a los balnearios en Cartagena, Pichilemu y Viña del Mar, donde se trasladaban familias enteras por la temporada a grandes casas. También, en el teatro, se hizo mucho más manifiesto la presencia de la mujer, su belleza y elegancia, dejó poco a poco los exclusivos palcos, para ocupar los sillones de la platea, algo que pudo indignar al público de la alta sociedad, pero representaba una pequeña expresión del feminismo que se haría más presente en el siglo XX.

Desde 1850, con la aparición de los clubes, asociaciones políticas y culturales que frecuentan los hombres; las mujeres por su lado, dan un espacio a obras de beneficencia, que las llevó a alejarse de los quehaceres domésticos, la educación y cuidado de los hijos. Por lo tanto, tampoco los lazos familiares ya no tienen la intensidad y fuerza que antes, lo que era más válido para familias que no eran de las más acomodadas siempre. Claro que no quiere decir que las grandes familias se hayan tendido más a disolver, al contrario, todavía seguían siendo muy numerosas y las relaciones seguían teniendo un gran peso.
Una serie de colegios particulares, liceos fiscales y congregaciones religiosas creados a lo largo del siglo, permite que las jóvenes reciban una educación mucho más completa y esmerada. Las muchachas de sociedad asistían de preferencia al colegio Sagrado Corazón y una institutriz de selección formaban el carácter y enseñaba los idiomas. Se tendía a la formación de una mujer completa para actuar en la familia y en sociedad. A los acontecimientos serios, se añadían la música, la pintura y labores de mano, sin descuidar la fidelidad y creencia de la Iglesia. Por último, más a fines de este siglo la universidad abrió las puertas para las mujeres más ilustradas, incorporándose a la enseñanza o medicina.
En el campo, las fiestas religiosas y patrióticas, bautizos, matrimonios y algunas celebraciones de los periodos agrícolas, seguían siendo grandes acontecimientos sociales, por ejemplo la deshoja del maíz, la vendimia, la cosecha de frutas y entre otras. Las expresiones más usuales de alegría y de celebración son la canción, el baile, las cuecas, las adivinanzas, las tonadas, los juegos de ingenio, los romanceros y la poesía popular, que trascendían más allá que en la ciudad, pues aquí los campesinos también celebraban.
Un rasgo curioso, diferente de las ciudades, es que aquí las mujeres solían apoyar la adopción de huérfanos y familias en desgracias, con lo cual formaban grandes vínculos que sostenían las haciendas.
b) Mujeres de la masa popular: Típicamente descrita como una mujer que se adapta a su pobre realidad en la mayoría de los casos, cuyas características físicas se adaptan al clima sea este favorable o desfavorable, ya que no era lo mismo observar mujeres campesinas de la zona central, normalmente sujetas al trabajo del campo; que a diferencia de las mujeres obreras o mineras del Norte Grande. Conforme avanza este siglo, estas mujeres comienzan a ser más afectadas por el mestizaje, mezclándose con otras etnias como los indígenas en su mayoría. Teresa Pereyra, una autora que ha estudiado este tema, plantea la necesidad de atender a esta mujer del mundo rural, porque es ahí donde hubo un gran desarrollo y formaba parte del 80% de la población, por lo cual su rol es sumamente importante.
Volviendo a la ciudad, las pocas mujeres del “populacho” en comparación con el campo, gozaban también de las chinganas, o al menos durante el tiempo que mas proliferaron, sus fiestas que duraban más de un día le permitían disfrutar de las comidas, bailes, cantos y ciertas prácticas tabú de la sociedad, que el Estado intentaba controlar con el avance del siglo y cuyo objetivo le costó varios dolores de cabeza. Incluso mujeres de la alta sociedad, solían integrarse a estas fiestas siendo duramente castigadas, por lo menos en la primera mitad del siglo XIX, por el resto de su clase.
Las costumbres indígenas también lograron traspasar más allá de los rasgos físicos, sus hábitos, tradiciones y costumbres se mezclaron con los de estas mujeres, de esta manera los santos patrones a los que rezaban pronto comenzaron a ser acompañados por elementos propios de los indígenas como vestimenta, ritos, etc. A diferencia de las mujeres de elite, estas lograban formar grandes familias, donde las relaciones de parentesco se confundían, aunque demostraba la alta tasa de fecundidad que existía en esos años, e incluso registros que no se tienen pues no todas se preocupaban de que aparecieran en los libros de registros.
Esta mujer modesta, en comparación a la alta clase social, no le preocupa tanto su imagen, su educación era sumamente descuidada, pocas sabían leer y escribir, pues no estaba dentro de sus interese más necesarios, el hogar y su hombre eran más importante. Una serie de actividades llenaban su tiempo como la comida, lavar ropa y el tejido
Algunos testimonios afirman que eran más tratables, que los hombres de su clase, se mostraba orgullosa y optimista frente al resto, su fe espontánea era una sus principales creencias. Sin embargo, la escasez y comprobación de fuentes hace difícil la reconstrucción de estas historias, a diferencia de las mujeres de elite.
Lo que si es cierto, es que después de la mitad del siglo XIX, la mujer vinculada a familias obreras de la minería, se veían con numerosos hijos y muchas veces abandonadas, ya que la situación difícil como salarios bajos, alcoholismo, suciedad y enfermedades; mermaron enormemente la moral familiar, por lo cual los maridos se alejaban de sus esposas e hijos. Paralelamente, es posible afirmar que muchas madres pudieron sostenerse ayudándose unas con otras, y por otro lado, muchas se vieron en el camino de la prostitución.
La madre obrera de fines de siglo se declara católica, pero el cuidado de los niños menores le impide la asistencia regular a la misa dominical. Pero se preocupan, como ya se dijo, de sus santos a quienes atribuyen milagros muchos sucesos naturales.
Fuente:- Neira, M. (2004). Castigo femenino en Chile durante la primera mitad del siglo XIX.
– Cruz, Lucía; Zegers, I. & Pereyra, T. (1978). Tres ensayos sobre la mujer chilena. – Santiago: Ed. Universitaria.
http://www.memoriachilena.cl: Fotografías

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Ocupación de La Araucanía (1860-1883)
El denominado Proceso de Pacificación de La Araucanía es uno de los capítulos más controvertidos de la Historia de Chile, y sobre el cual existen muchas posturas: algunos lo consideran precisamente como algo pacífico, en donde los chilenos y los mapuche (que se ubicaban al sur del río Bio- Bio, en la región denominada como La Frontera, existente desde fines del siglo XVI) habrían logrado llegar a una serie de acuerdos para que la región se incorporara al territorio nacional chileno, siendo los mapuche sometidos al proyecto de Estado-Nación llevado a cabo por los gobiernos de turno. Otros niegan que este haya sido un proceso pacífico, sino más bien fue una guerra que enfrentó a chilenos y mapuches, en donde los primeros quitaron a la fuerza territorio que ancestralmente perteneció a este pueblo indígena, para incorporarlo a la economía nacional, trayendo colonos para que explotaran la tierra y la produjeran, lo que hizo que La Araucanía fuera considerada en un momento como “el Granero de Chile”, ya que la agricultura fue el sector más importante que se desarrolló a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El desconocimiento de la zona, la sobreforestación que existió para poder sembrar hizo que los suelos rápidamente empezaran a erosionarse, lo que hasta hoy en día afecta a la región, sobre todo a la provincia de Malleco.

Familia Mapuche

El proceso de Ocupación de La Araucanía trajo diversas consecuencias en el ámbito social, de las cuales todavía en el día de hoy no podemos sacar conclusiones definitivas: significó la incorporación a Chile de una región que durante siglos había vivido con el pueblo mapuche como su absoluto dueño, y que en la época de la Conquista no pudo ser anexada al dominio español, y que por lo tanto presentaba diferencias culturales, sociales, económicas y políticas muy diferente a la del mundo occidental, no que no significa de ninguna manera que no haya existido un intercambio entre los mapuche y los españoles, (chilenos después), a través de los diversos parlamentos que se hacían para intercambiar productos. Historiadores como Jorge Pinto o Leonardo León, señalan que “las relaciones hispano-indígenas fueron intensas y crearon un espacio donde el mapuche participó activamente en un proceso económico que envolvió las pampas, la Araucanía y el Cono Sur en general” ; la intromisión del chileno dentro de estas tierras significó la pérdida de territorio del pueblo mapuche, que fue confinado a las denominadas “reducciones”, con las peores tierras para que trabajaran. El gobierno chileno les entregó las mejores tierras a los colonos que iban llegando a la zona para que la trabajasen. Así, La Araucanía fue incorporada a la economía del país.

Se habló más arriba de los colonos, ellos trajeron a la zona sus costumbres que también hicieron eco dentro del territorio mapuche, produciéndose en la zona una mezcla de diversas culturas, y que todavía están presentes. El mapuche debió incorporarse a la fuerza a la vida del país, y así poco a poco la cultura mapuche se fue perdiendo, y lo que queda hoy en día es muy poco si lo comparamos con épocas anteriores.

Colonos en La Araucanía

Se puede señalar que el proceso de Ocupación de La Araucanía significó un cambio en la sociedad, no sólo chilena, sino que en la misma sociedad mapuche, que empezó a verse influenciada con mayor fuerza por una cultura que durante siglos les había parecido ajena. La Araucanía se volvió una mezcla de población colona, mapuche y también chilena, donde cada uno de estos grupos veía con diversos ojos la zona, pero esta última hizo prevalecer su fuerza, valiéndose en el proyecto que como Estado-Nación había sido creado, y que logró consolidarse rápidamente. Es un proceso del que todavía hoy en día no podemos hablar certeramente, puesto que todavía existen hilos sin atar: prueba clara es el denominado “conflicto mapuche”, que se da principalmente por la reivindicación de tierras exigidas por algunos grupos mapuche, producto precisamente de este proceso que se dio en el siglo XIX.

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Los inmigrantes alemanes en Chile

Las dos últimas décadas del siglo XIX, fueron el período de mayor esplendor de la comunidad alemana asentada en las regiones de Valdivia y Llanquihue. Aunque nunca sumaron más del 5% de la población de esos lugares, constituyeron un núcleo de desarrollo industrial que gravitó a escala nacional. Valdivia se constituyó un sector industrial dedicado a la elaboración de cerveza, curtiembres, astilleros y aserraderos; en las orillas del lago Llanquihue y en los llanos de Osorno, las actividades agropecuarias se desarrollaron en función del abastecimiento de insumos para el enclave valdiviano; además, en Puerto Montt prosperó el comercio con Hamburgo, lo que amplió formidablemente la demanda para la producción de los colonos alemanes.

Los primeros colonos arribaron a una región que, hacia 1840, estaba separada del resto del país por el territorio mapuche y era la más atrasada de Chile. Las autoridades nacionales dispusieron medidas de estímulo para el asentamiento de inmigrantes extranjeros y encomendaron a Bernardo Eunom Philippi la captación de colonos en Alemania y la demarcación de los terrenos en que se establecerían.

En octubre de 1850, Vicente Pérez Rosales reemplazó a Philippi como agente de colonización en Europa y, dos años más tarde, desembarcó en Puerto Montt con decenas de familias alemanas que se instalaron a orillas del lago Llanquihue. Esta nueva oleada de inmigrantes debió transformar el paisaje natural del territorio para dedicarse a la agricultura, cuya producción se complementó armónicamente con las actividades fabriles y comerciales que realizaban sus compatriotas radicados en Valdivia.

Hacia 1870, el proyecto de colonización alemana en el sur de Chile era todo un éxito. La región ostentaba el mayor dinamismo económico del país y los nuevos ciudadanos eran un ejemplo de laboriosidad, honradez y espíritu emprendedor para el resto de los chilenos.

 

La inmigración árabe a Chile

A fines del siglo XIX la desestabilización del Imperio Otomano llevó a miles de árabes de fe cristiana originarios de Palestina, Siria y el Líbano a partir como inmigrantes al continente americano, estableciéndose mayoritariamente en Estados Unidos y el resto en los países latinoamericanos.

El flujo migratorio árabe a Chile no fue de gran magnitud. Se calcula que el total de árabes que llegó a asentarse al país fluctuó entre 8 mil y 10 mil personas, de los cuales alrededor de un 50 por ciento era de origen palestino, un 30 por ciento sirio y el 20 por ciento restante libanés. El itinerario de la cadena migratoria árabe se iniciaba en los puertos de Beirut, Haifa y Alejandría, pasando por Marsella o Génova hasta llegar a Buenos Aires, desde donde continuaban su viaje cruzando la cordillera a lomo de mula o en el tren trasandino.

Siguiendo una tradición generalizada de los pueblos de donde provenían, los inmigrantes árabes se dedicaron con preferencia al comercio. En un principio ejercieron el comercio itinerante, recorriendo el país cargados con mercaderías, que ofrecían en las calles, luchando por darse a entender a media lengua. A poco andar los inmigrantes dominaron el idioma del comercio y comenzaron a ubicarse definitivamente en tiendas localizadas en las calles comerciales de los pueblos y ciudades del país. El progreso económico les permitió a numerosos miembros de la colonia árabe aprovechar las oportunidades que ofrecía la industrialización, incursionando con éxito en la industria textil y, posteriormente, en la banca, la agricultura y la minería.

A pesar del progreso económico de los comerciantes e industriales de origen árabe su inserción en la sociedad chilena fue difícil. Estos debieron soportar la discriminación y rechazo de una parte de la sociedad chilena, la que se prolongó a sus hijos y, en menor medida, a sus nietos. Esta discriminación -determinada por prejuicios socioculturales, económicos y raciales- fue denominarlos despectivamente “turcos”, actitud que hería su susceptibilidad, porque los identificaba con sus opresores en su tierra madre.

Inmigrantes franceses

Durante la segunda mitad del siglo XIX muchos franceses contribuyeron a la consolidación de la vitivinicultura francesa en Chile central. Fueron contratados por particulares para dirigir los trabajos que requerían las nuevas viñas y, al mismo tiempo, por el Gobierno de Chile que contrató a diversos especialistas en agricultura, en general, y vitivinicultura, en particular. Otros se constituyeron en propietarios de viñas francesas, con lo cual contribuyeron a la divulgación de este rubro en el campo chileno, transformando a la sociedad rural chilena del siglo XIX, con sus aportes a este rubro. Entre 1810 y 1825, la inmigración francesa no es muy numerosa y se compone principalmente de exiliados políticos, antiguos militares y científicos. Hasta la 1860 la inmigración es espontánea, sin embargo hacia fines del siglo XIX se enmarca en las políticas de fomento a la inmigración europea para poblar los territorios del sur del país. Entre los años 1840 y 1940 se estima en 25.000 la entrada de franceses a Chile. Otras informaciones señalan que entre mediados del siglo XIX y y comienzos del siglo XX el número total de franceses en Chile pasa de 1.654 personas en 1854 a alrededor de 10.000 en 1912.

 

Inmigrantes ingleses

La burguesía británica que llegó a Valparaíso vio en su nuevo domicilio una oportunidad para hacer riquezas sin perder sus tradiciones. Los barrios de la colonia eran una réplica de su tierra natal; se trajeron sus cigarros, sus ropas, el té; practicaron sus deportes y siguieron siendo lobos de mar, esta vez desde la Marina chilena. No, para ellos no era Valparaíso de Chile, sino el Valparaíso de Gran Bretaña.

Apenas el Puerto abrió sus costas al libre comercio en 1811, recién alcanzada la Independencia chilena, los ingleses –que antes ofrecían sus contrabandos- comenzaron a atracar en Valparaíso. Los primeros en llegar fueron los hermanos John y Joseph Crosbies en el bergantín Fly. Traían consigo herramientas, artículos de loza, lana y algodón, con instrucción de devolverse con cáñamo y cobre. Fue el primer intercambio de lo que sería una arraigada relación comercial entre Gran Bretaña y Chile.

Hasta 1814 de los ocho buques extranjeros que fondearon en el Puerto, cinco eran británicos. La reconquista española frenó este movimiento, pero en 1819 ya se veían algunos carteles en inglés coronando las tiendas de las calles comerciales. Lo cierto es que los ingleses controlaron el comercio, las industrias y la actividad financiera de Valparaíso durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En 1917 formaron su propia Cámara de Comercio, agrupando a las compañías y bancos de origen anglosajón.

Se aprecia además la notable influencia inglesa en el aporte cultural, tanto en costumbres, educación, la influencia deportiva como lo fue el tenis, cricket, rugby y en especial el futbol (football) y la incorporación inglesa no solo a la sociedad civil, sino también al las fuerzas armadas, en especial a la marina, desde donde dejarían gran legado a la conformación de esta área militar en Chile. En 1818, cuando Manuel Blanco Encalada era Comandante General de la Armada, la mayoría de sus principales oficiales fueron ingleses. Ese mismo año llega a Valparaíso Lord Cochrane, descendiente de una estirpe de ilustres marinos ingleses. En 1819 ya estaba al mando de la Escuadra Chilena, imponiendo el implacable deber por el deber de los británicos. Bajo su mandato los comandantes de buques fueron todos ingleses, menos un norteamericano. Estos formarían familia con chilenas, dando inicio a un linaje de hombres de mar. Es el caso de Robert Simpson, quien llegó al Puerto en 1821 como teniente y que alcanzó el grado máximo de Vice – almirante; sus hijos también fueron oficiales en la Marina.

La colonización de la Araucanía

Coincidiendo con la guerra del Pacífico, en 1880 había tenido lugar la última gran insurrección araucana. La rebelión fue sometida después de dos años de lucha, sobre todo cuando, concluidas las principales acciones de la guerra que tenían el norte por escenario, pudieron reforzarse las posiciones militares. En enero de 1883 tropas chilenas ocuparon Villarrica, antigua ciudad colonial destruida por los mapuches en el siglo XVII y convertida en símbolo de la antigua explotación de los indígenas en los lavaderos de oro y de la resistencia araucana. De esta manera, la región situada entre los ríos Cautín y Toltén quedó sometida definitivamente después de tres siglos de resistencia y se abrió el camino para el control efectivo de las tierras que franqueaban las puertas hasta el estrecho de Magallanes.

Comenzó entonces la colonización de la Araucanía, favoreciéndose la inmigración que debía “civilizar” las regiones definitivamente incorporadas a la nación. En 1882 se creó la Agencia de Colonización General, que reclutaba inmigrantes en Europa. La llegada de colonos extranjeros -alemanes, suizos, italianos, franceses y españoles, entre otros- fue dirigida al asentamiento agrícola en esta región, mientras que ingleses y escoceses se dirigieron a las tierras meridionales, donde se dedicarían con provecho a la ganadería ovina. Este movimiento hacia el mundo rural, en realidad, contrastaba con la tendencia que mayoritariamente estaba dándose en Chile, pues durante la década de 1880 la población urbana creció en forma mucho más rápida como consecuencia del desarrollo minero, el auge industrial y la construcción de líneas ferroviarias. Chile parecía alcanzar la máxima proyección internacional y la mayor confianza en sus posibilidades nacionales. El desplazamiento de las fronteras había ampliado la superficie chilena en más de un tercio y lo había hecho ganando regiones con considerables recursos naturales para la minería y la agricultura. En la última década del siglo XIX todas las aspiraciones chilenas habían cristalizado favorablemente, el país prosperaba y el optimismo era tónica dominante.

 

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Fuente: http://www.memoriachilena.cl (Fotografías, Grabados y Láminas)

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Cortometraje: Niños Huachos en el Siglo XIX

Fuente: Universidad de Tarapacá

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Si quieres profundizar mayormente, puedes revisar la siguiente bibliografía:

- Bengoa, J. (2000). Historia del Pueblo Mapuche. Santiago: LOM

- Coña, P. (1930). Vida y costumbres de los indígenas araucanos en la segunda mitad del siglo XIX. Santiago: Ed. Universitaria.

- Fernández, M.; Godoy, Ed. & Herrera, P. (2008). Alcohol y trabajo: el alcohol y la formación de las identidades laborales en Chile Siglo XIX y XX. Osorno: Universidad de los Lagos.

- Gazmuri, C. (1999). El “48” chileno: igualitarios, reformistas radicales, masones y bomberos. Ed. Universitaria.

- Nazer, R. (1994). José Tomás Urmeneta: un empresario del siglo XIX. Santiago: Dibam.

- Salazar, G. (2000). Labradores, peones y proletarios. Santiago: LOM.

- Salazar, G. & Pinto, J. (1999-2002). Historia Contemporánea de Chile. Santiago: LOM.

- Vicuña, M. (1996). El París americano: la oligarquía chilena como actor urbano en el siglo XIX. Santiago: Universidad Finis Terrae.

- Villalobos, S. et. al. (1995). Historia de Chile. Santiago: Ed. Universitaria. Tomo III y IV

 

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